Estilo

Breve historia de la ropa interior masculina

Handsome well-build man

La historia de la ropa interior es más larga de lo que posiblemente supongamos. Baste decir que el faraón Tutankamón nos mostraba una camiseta interior de lino cuando fue descubierta su tumba, o sea que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que en el 1360 a.c. ya existía la costumbre de usar este tipo de prendas.

Pero es que aún podemos ir mucho más atrás en el tiempo, concretamente hasta unos 5.300 años, que son los que se estima que tiene el hombre de hielo Ötzi (descubierto momificado en 1991 en los Alpes), y averiguar que ya entonces se usaba una especie de taparrabos precursor de los modernos calzoncillos.

Según los historiadores, fue durante la época del Imperio Romano cuando se popularizó el uso de la ropa interior, en principio motivado por una mayor preocupación por la higiene íntima. Los varones romanos usaban una prenda debajo de la túnica llamada subucula y también una especie de pañal que se usaba en el área genital llamado subligaculum y que los gladiadores hicieron muy populares al lucirlos en sus batallas en el circo.

Con la llegada de la Edad Media y el espíritu ultra-religioso católico que consideraba pecaminoso todo lo relacionado con el cuerpo humano, se sustituyó el uso de ropa interior por una simple saya de cuerpo entero que, tanto hombres como mujeres, usaban bajo la ropa y evitar el contacto directo de esta con el cuerpo, además suponer una capa extra de protección contra el frío.

Tras la Edad Media y dependiendo de las zonas geográficas y las modas del momento la ropa interior masculina sufre variaciones de todo tipo, en principio se usaban medias con una abertura entre las piernas que permitía que todo quedara suelto bajo las túnicas, pero con la llegada del Renacimiento las ropas se acortaron escandalosamente y los hombres empezaron a utilizar una prenda llamada bragetta para tapar sus partes, aunque algunas en vez de ocultar los atributos masculinos, los acentuaban, e incluso llegaron a servir de monederos.

En el siglo XIX se impuso el mono de lana de una pieza única para resguardar, una vez más, del frío y proteger la ropa de aceites y olores corporales. Ya avanzado el siglo los diseñadores empezaron a acortar mangas y pantalones y a utilizar tejidos más confortables que la picajosa lana, haciendo más cómodo su uso. Además la pieza única pasó a convertirse en dos: camiseta y bóxer, ya que estos se parecían a los que usaban los boxeadores profesionales.

Ya en los años 30 nace el calzoncillo como lo conocemos hoy, un éxito de ventas desde el primer día hasta hoy, en que numerosas marcas de ropa interior masculina nos ofrecen todo tipo de variedades, colores, formas y tejidos para hacernos la vida un poco más cómoda y, por qué no, que nos sintamos también más atractivos.