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La muerte de Adolfo Suárez: un mito nos abandona

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Los simbología es importante. Y más en un país como España tan ayuno de símbolos unitarios. La muerte de Adolfo Suárez en el día de ayer de  muestra lo mejor y lo peor de una sociedad tan fragmentada y dividida como la española. En momentos de crisis, nada mejor que recurrir a figuras de un momento de consenso y acuerdo que no se volverán a producir.

Después de 40 años de dictadura, la idea democrática en España apenas existía. España y Europa eran muy distintas y ya no existían en Europa Occidental regímenes parecidos al nuestro. La democracia era el único camino posible y de supervivencia para el Rey. Así, junto a Torcuato Fernádez Miranda, como diseñador y Adolfo Suárez, como intérprete, se superó el guerracivilismo habitual para construir un gran acuerdo nacional, la Constitución de 1978, que fuera duradero y que uniera a ideologías distintas en un mismo fin: la convivencia pacífica. Ése es el gran logro de Adolfo Suárez: unir a contrarios y enemigos que 40 años antes no discutían sino que se mataban a tiros unos a otros.

Cuando muere una personalidad tan relevante como la de Suárez todo suelen ser, por lo general, alabanzas. Y este caso no será una excepción. Pero la hemeroteca es un buen recordatorio de lo crueles que pueden a llegar a ser las personas, sobre todo en el mundo de la política. Adolfo Suárez acabó peleado con todos. O todos terminaron peleados con Suárez. El Ejército lo acusó de engañarlos en la legalización del Partido Comunista, la oposición lo tachó de golpista y que la democracia le molestaba, su propio partido conspiraba un día sí y otro también para derrocarle o, al menos, influirle; la Iglesia no le perdonó la legalización del divorcio y el propio Rey acabó harto de él, fundamentalmente por su criterio de independencia.

El peor insulto creo que fue el de golpista. Durante el intento real de golpe de Estado del 23F, Suárez se enfrentó a los asaltantes del Congreso. Quién lo acusó de golpista se tiró al suelo y se escondió como un cobarde. Una diferencia de comportamiento importante.

Lo cierto es que Adolfo Suárez fue un magnífico Presidente hasta las elecciones de 1979 y un pésimo gobernante a partir de ese año. Su capacidad de seducción y de hacer sentir importantes a cada uno de sus interlocutores unido a las ansias de cambio de la ciudadanía fue un factor importante para conseguir una Constitución mayoritariamente aceptada por el conjunto de los españoles. Pero no era el gestor más adecuado para gestionar el día a día de un país. Sin apenas estudios y formación, el mismo se definió como un chusquero de la política. Su trayectoria lo confirma. Su gran ambición le permitió escalar en medio de la jungla política franquista sin que apenas nadie reparara en él. Fue Gobernador civil y Director de RTVE, cargo en el que promocionó la figura del entonces Príncipe Juan Carlos, con el que congenió al instante: dos jóvenes rodeados de dinosaurios políticos. Continuó ascendiendo hasta ser Ministro Secretario General del Movimiento, el partido único del franqusimo, tras la muerte de Franco. Y sucedió a Carlos Arias Navarro en Julio de 1976 como Presidente del Gobierno, debido a la incapacidad de éste para entender que Franco había muerto y que era la hora del cambio.

Su dimisión el 29 de Enero de 1981 lo encumbró a los altares. No estamos acostumbrados, ni antes ni ahora, a que nadie dimita en España. Y si la razón que el nos facilitó era para impedir que la democracia se convirtiera en un paréntesis en la historia española, más todavía a su favor. Fundó su propio partido, el CDS, y a pesar de obtener buenos resultados, no consiguió convertirlo en una alternativa de poder. Y se retiró. Todos los insultos que recibió se convirtieron en halagos, algunos nauseabundos por provenir de los mismos que le insultaban.

Actualmente, oímos muchas voces que dicen que no vivimos en democracia, que la Transición fue una farsa y que estamos dominados por un ente invisible que lo domina todo. Mitos conspiranoicos. Casualmente, son los mismos que son capaces de condenar dictaduras que ya han terminado pero se niegan a condenar dictaduras que existen todavía hoy en día. Y las defienden, principalmente, por dos razones: porque som simpatizantes de ellas o porque reciben dinero por defenderlas. O por las dos a un tiempo. Seguramente les parecerán pocos los logros de Adolfo Suárez. Pero no es cierto. Construir una democracia después de una dictadura no es fácil. Más allá de sus defectos, Suárez fue el actor principal de ese cambio. Solo por eso, deberíamos estarle agradecidos.