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La muerte de Michael Jackson

Michael Jackson graffiti in Santa Cruz de Tenerife, Spain

Hoy se cumple el quinto aniversario de la muerte de Michael Jackson en su villa alquilada de Los Ángeles, recuerdo de su grandioso rancho Neverland. Un pasado al que ya nunca pudo volver tras su eclipse mental y económico. Una muerte prematura como la de otras estrellas de la música Amy Winehouse y Whitney Houston.

Como tantos otros antes que él, y muchos que vendrán después, Michael Jackson fue un juguete roto. Primero, en manos de su autoritario padre que le robó la infancia al ver su potencial como máquina de hacer dinero y hacerle vivir de forma desahogada. Como si fuera un futbolista joven en la actualidad. Un tipo sin escrúpulos. En segundo lugar, fue otro juguete roto en manos de la industria musical que le apoyó mientras fue rentable, permitiéndole sus excentricidades y caprichos, y lo dejó tirado como una colilla cuando dejó de serlo. Y por último, acabó en manos de médicos sin escrúpulos que le permitieron morir entre vómitos, excrementos y rodeado de muñecos de peluche mientras le administraban sedantes que lo mandaron al sueño eterno.

La carrera de Michael Jackson se inicia con sus hermanos formando el grupo musical Jackson Five, intérpretes de un sonido clásico apto para todos los públicos. A sus 10 años, su talento innato dejaba a sus hermanos mayores en segundo plano mientras su padre engañaba sistemáticamente a su madre delante de todo el mundo. Puede que fuera una de las razones por las que, realmente, nunca llegara a crecer del todo y su mente se quedara anclada en una infancia robada y llena de traumas. Conforme crecía su edad, cada vez se rodeaba más de niños constantemente, incluso en su casa para dormir, dando alas a todo tipo de rumores sobre supuestos abusos infantiles y referencias a su sexualidad. Pero el dinero es poderoso. Pagas a los padres varios millones y asunto solucionado.

Mientras su infancia era robada, su talento musical encadilaba en todas partes. A su padre el primero porque se convirtió en su manager y dirigía su carrera con mano de hierro. Y en segundo lugar, a la poderosa Motown, la discográfica por excelencia de la música negra. Su influencia era enorme convirtiéndose en una especie de Elvis Presley de la música negra. Su asociación con el productor Quincy Jones se produjo en un momento acertado. La industria musical era un negocio redondo con unos ingresos millonarios y una difusión cada vez mayor. Michael ya volaba solo. Ninguno de su hermanos le podía hacer sombra. Cambió su sonido. Pistas distintas para diversas entradas y salidas de voz. Y su famoso gemido. Unas coreografías y bailes espectaculares y una puesta en escena perfectamente cuidada. Una mezcla de música y espectáculo teatral con los focos solamente sobre él.

El Rey del Pop consiguió algo muy difícil. Unir ventas millonarias y alabanzas de la crítica musical para terminar de coronarlo. Una coronación definitiva que arranca en Noviembre de 1982 con la publicació de su disco más emblemático: Thriller. Un collage de estilos empezando por el soul y el funk para poder llegar a un número mayor personas. Clásicos como el propio Thriller, Beat it y Billie Jean siguen en el recuerdo. Además, fue un album revolucionario por su forma de difusión. El rodaje de los videoclips del disco se conviertieron en auténticos cortometrajes ideados por el director John Landis y su retransmisión continua por la MTV, recién creada, ayudaron a que Thriller sea el disco más vendido en la historia de la música, con multitud de números uno y fuente permanente de ingresos gracias a la previsión de Jackson: negoció el 37% de las ventas para él.

El éxito de Thriller supuso un punto de inflexión en su vida y en su carrera. Despidió a su padre como manager y se compró su famosa mansión aislándose de todo y de todos dando riendo suelta a sus caprichos. Varias operaciones estéticas y decoloraciones de la piel más tarde (dejó de ser negro para convertirse en blanco) publicó Bad en 1987. Ya no era El Rey del Pop. Era Dios. Hacía lo que quería sin límite y sin que nadie lo contradijera jamás. Daba igual las operaciones a las que se sometiese y los niños que pasaran la noche en su casa. El ocaso del mito empezó ahí. Aunque se tardó mucho en poder comprobarlo.

En 2009, el año de su muerte, Michael Jackson vendió más de 35 millones de sus discos. Un muerto con una salud de hierro financiera que le catapultó, de nuevo, a lo más alto de la lista de ventas. Si tenemos en cuenta, el declive actual de las ventas en soporte físico, una auténtica barbaridad. Pero fue millonario también en infelicidad.