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Nicole Kidman, sin Botox mejor

at the premiere of Dreamwork's "The Ring" at Mann Bruin Theater, Westwood, CA 10-09-02

 

Una foto de la primer Kidman, quien apareció como segunda en diversas y modestos filmes australianos y americanos, comparada con una foto de la Nicole de Australia revelan algo que salta a la vista: no tanto el paso de los años como el paralizante efecto del Botox.

El botox, para quien no lo sepa, es una toxina, la misma que ataca los músculos en la terrible enfermedad del tétanos: este compuesto hace que el músculo se contraiga y se quede rígido, con lo que, al aplicarse bajo la piel del rostro, esa contracción hace que las arrugas desaparezcan.

No fueron pocos los famosos que decidieron probar suerte con lo que en algún momento de la década pasada pareció el Avalon de la juventud renovada: adiós a las arrugas sin cirugía, pero…

Siempre hay un pero en estas cuestiones.

La rigidez que el Botox dejaba en los músculos de la cada también dejaba inmóvil la cara. Y no sólo ello: en algunos casos, el rostro se convertía en una máscara sobrecogedora, la expresión fija de una muñeca sin vida… O como en el caso de Nicole Kidman, un muy sórdido recuerdo de la belleza que fue.

Hace unos días Nicole Kidman salió a reconocer que había paseado la espantosa máscara que le dejaron las inyecciones de Botox en sus últimos títulos (la citada Australia entre ellas), pero que para el alivio de sus fans y de los que creemos que es una actriz de peso, ha decidido renunciar a la toxina, y que se mostrará al mundo y a la cámara tal cual los años le han dejado.

“Desafortunadamente, probé el Botox, pero ya lo dejé y ahora puedo volver a mover mi cara de nuevo”, ha dicho la actriz, que ahora, de nuevo con su rostro y sus arrugas, cosecha elogios con su más reciente título, Stoker.